

Hemos vuelto cargados con fotos de hermosos paisajes muertos, pueblos, montañas, desiertos. Nos reservamos el privilegio de recordar los olores, los sonidos y la rara belleza de sus habitantes.
Tampoco olvidaremos la delicadeza con la que Khalid complació nuestros deseos y puso límites a nuestra impaciencia de occidentales. Ni la elegancia de nuestro anfitrión en su palacio de adobe en Megdaz.
Los bereberes pasaron por nuestra vida sin hacer ruido, pero dejaron huella. Fuimos tratados con sencilla amabilidad por Mustafa (esto no sé como se escribe) en las montañas, y por cada uno de los moradores de la Kasbah, remanso de paz de nuestros amaneceres en Africa.
Para algunos no fue la primera vez, para todos no será la última.
Volveremos a pesar del infame café con canela, y del tagine condimentado con arena en el desierto. Porque sabíamos que el viaje tendría dosis de la realidad menos poética. Después del emocionante trayecto a través de las dunas con la luna más llena que nunca vimos, cuando nos sentíamos Lawrence de Arabia, León El Africano, o algún personaje de Paul Bowles, un hombre vestido con turbante y túnica nos espetó sin miramientos: ¿sabéis como se mete un dromedario en un frigorífico?
En fin, valió la pena.
Mau, Elena, Elí y Diego.




